jueves, 22 de noviembre de 2012

La ley del Mundo (Capítulo VI)


Capítulo VI Llega el norte para Marco. Mes de diciembre. Una ciudad no muy lejos de Benarés o Calcuta. Se llama Patna. Una niebla casi invisible se adivina desde el avión y luego, en tierra, se extiende por el campo oscuro y a un tiempo resplandeciente, por una gran luna llena de diciembre. Un campo silencioso y circunspecto en donde se adivinan parcelas y sembrados, solitarios árboles en medio de un llano o en la ladera de un camino; algunas palmeras retoman ese paisaje norteño. Sombras solitarias de habitantes pasan por caminos descubiertos, recogidos en sus mantas que abrigan de ese frío que se adentra en los huesos, cuando cae el sol. Arroyuelos discurren entre lodazales y vereditas, parecidos paisajes a la tierra Lombarda. Se abre el frío en el fondo de unos cuerpos que caminan silenciosos a alguna parte, tal vez a sus casas. Bicicletas ruedan también sobre unas piernas que se mueven con pereza. Marco está en la tierra sagrada de Bodhicaya donde los pobres de mayor solemnidad acarician el suelo sucio, con sus deformados y embadurnados miembros; en singular desfile, acurrucado, un cuerpo viejo de mendiga descose, de su tergal mohíno, cualquier descosido o incompostura que a ella le parece. Mientras manadas de peregrinos de rasgos orientales deshojan su mala, desoyendo o tapando sus quejidos: Van hacia la estupa (centro de energía), importante en el mundo. Dragones y templos, barcos y templos, colas y templos, rostros de orejas grandes y templos, iconos y templos, pan de oro y templos, pinturas y templos… Bodhicaya era el punto de encuentro de humildes peregrinos tibetanos y de Asia mayor. Un vasto piccolo mundo poblado de templos pintorescos, todos dedicados a Lord Buda, maestro compasivo de todos los seres. En los tejados, adornados con figuras retorcidas, como cola de peces o dragones en sus puntas se posaban las palomas… A ras de suelo, “mendigos de solemnidad”, ciegos o cojos. Entumecidos miembros sucios, túnicas de Cristo pobre, manos aturdidas y cobrizas que extienden su plato de cobre hacia el paso de los peregrinos. Varias excursiones de niños, ataviados con trajes de escuela. Estupas que redondean y lindan con un cielo que pernocta, petrificado en gris. Tibetanos vestidos con trajes de montaña, cabello pastoril y piel curtida. Coletas negras o trenzas recogidas, malas sobre sus cuellos. Sonrisas y rostros humildes, de montaña tibetana, piel curtida de aire fresco. Mahakala, danzas protectoras: Dios protector del Dharma, todo recubierto de forma curvada, sonido de platillo y tambor; voz grave, honda, honda como una cueva para espantar a los espíritus malignos. Danza al son de un tambor, pero ningún quejido externo; ritual antiguo, muy puro. Marco apunta estas frases en un cuaderno bordado de color arcilla: Bajo un chopo casi centenario vislumbro cumbres rosas en tierra llana. Donde el trigo y el sarmiento se dividen en parcelas, en la época del año en que crece verde el trigo. Caminos agrios y polvorientos por donde camina un pueblo. De espaldas a Oriente pasan tranquilos niños de escuela, uniformados; la solemnidad adusta y triste de una perra solitaria descansa al sol, con sus mamas dispuestas y fértiles que fecundarán los perros de la próxima primavera… ¿Hacia donde van, pregunto, tantos seres? A repartir su silencio, su dilatada pobreza que al viento se esparce. Ah, sí, la tierra es así, enfundada va en su eterno devenir lento, pedregoso, ignoto, incógnito, seco y exuberante a un tiempo… Castigados los hombres a tragar el polvo de la tierra sagrada. La verdad, para ellos, se incrustaba en una rueda amarilla que daba vueltas, que giraba incesante, de izquierda a derecha, enseñanzas del Dharma, rotundas, profundas, majestuoso filosofar para reencarnar el cuerpo en un estado mas propicio, mas digno aún. Los dos Rimpoches, el mayor y el viejo, imponían las katas blancas o color vainilla, casi todas sobre el yugo que era un cuello humilde, ancestral y absorto. (Las bendiciones se hacían así). Eran sus leyes, el arco de cada día: ¿Ley antigua, espejo del dragón con máscara y cola que obstaculizaba el progreso espiritual del hombre? Tal vez, seria así, se dispondría así… Todo estaba bien. La ley del Mundo una vez más. Marco dormía. Descansaba su paz blanca en una cama dura, sobre colchones delgados y tabla firme. Abajo el plástico se repartía a montones, arriba, en su room cuadrada, los mosquitos. Ahora frente a la ventana abierta, la India desplegaba más que nunca su entero ser, su sequito de imágenes de atardecer convaleciente. Se extendían los campos de algodón y de trigo verdecido, bajo aún, mes de diciembre. Sonaban las esquilas de un grupo de vacas, cuatro o cinco, que pastaban a sus anchas en eras sin dueño; y sobre algún montículo las cabras dormitaban un improvisado descanso. Se oían por el camino los ejes chirriantes de las bicicletas, a la pedalada cansina de muchachos adolescentes. En cuclillas, bajo sus mantas, el murmullo de los viejos pastores conversaba plácidamente. Las solitarias y únicas palmeras dormitaban también y a lo lejos una capa de mancha disolvía todo el paisaje que era una estampa frondosa de árboles donde se adentraba una tibia niebla oriental. Siempre igual. Los días eran así: A su izquierda, en el lado de la cabecera de su cama la espalda de un Buda que miraba su faz a extremo oriente, y un poco mas a la izquierda de ese flanco, la estupa alta que forcejeaba, con el cielo, toda su energía consagrada. Una manada de cerdos se adentraba ahora en el bosque bajo de algodón para rebuscar entre su fango seco. Un grupo no muy numeroso de mujeres de vestidos rojos y azules marinos, con su balde posado sobre su cabeza, salía por otra vereda para topar de frente con los ancianos pastores, estampa fiel y diaria, a la hora de ese atardecer milagroso o difuminado en lontananza. Un poni, libre y feliz, correteaba de lejos, sobre un fondo verde de ese trigo novicio. Era difícil para Marco explicar o explicarse lo que vaticinaba su sentimiento e inteligenzia: La decadencia o desaparición del budismo en dos o tres generaciones; doscientos, tres cientos años... Lord Buda era solo una imagen, una enseñanza y un nombre: los hombres lo habían hecho así. ¿Era una luz que necesitase el mundo? Había sido desplazado o era ya, él mismo, un Dios de luz encarnado en otros cometidos. El río donde despertó Buda bajaba ahora seco y las heces de todas las personas que vivían a lo largo de esa ladera de río impregnaban la ribera seca de un olor a mierda, ejemplo de su final. Una luz macilenta cubría Bodhicaya. Era el 1 de enero de 2011, sábado, y miles de peregrinos del Tíbet, extranjeros de Europa o hindúes poblaban aquel recinto no muy grande, focalizado en la estupa. Allí, arrodillados o marchando de izquierda a derecha oraban por la felicidad del mundo: Por un mundo mejor. Pero era solo una suplica, un rezo. La atmósfera de Bodhicaya era un reflejo de lo desencaminado que andaba el espíritu de los seres humanos. Era gente, en el buen sentido de la palabra, buena, humilde y esteparia la mayoría; silenciosa y compasiva, como esas madres napolitanas o andaluzas; o de tribus mongolas y turcas. Gente que importaba muy poco al negocio de occidente y que, al fin y al cabo, se atragantaba en su resignación, en su rezo. Como en Roma el Vaticano o en Damasco La Meca, era aquello el centro neurálgico de peregrinación del budismo asiático. Todo alrededor impregnado de un ruido ensordecedor de bocinas de motos o rishas, plagado de los pobres corporalmente más sucios y que se situaban a la entrada del recinto de la Estupa, bajo el olor a plástico quemado... Aquello rozaba la idiotez o paradoja humana. Lo desencaminado que estaba el alma de su centro de apoyo sobre tantos y tantos seres; y Marco estaba allí, aprendiendo a ser menos orgulloso, a aprender de aquello que veía e incorporarlo a su mentalidad. Aquella multitud de seres que esperaba una mejor reencarnación, tal vez para un día alcanzar la iluminación que su Lord Buda ya logró, resignando toda su potencia supeditada al rezo, algunos a la meditación. Pero las ideas estaban claras, la tierra sagrada del Buda, la luz de allí, como en Jerusalén, había desaparecido. Quedaba en cambio una luz parecida a la de la luna, un vaho continuo, raro de explicar... (Y era así, por mucho que los fieles insistieran en volver allí.) 2 de enero 2011 Las cometas de papel sobrevuelan Benarés. Es espejo blanco la llanura del río con sus barquitos y barcazas yendo y viniendo, de una orilla a otra; a lo largo y a lo ancho. Al otro lado, la arena blanca y al fondo el bosque con altibajos de pradera verde adentrándose en esa siempre niebla, perla blanca. Benarés suponía el final del viaje, el punto y final a su odisea narrada: merecido paisaje último lleno de templos y equilibrio de ribera, reluciente espejo -como el mar gigante de Bombay-. El hotel donde se hospedó esas dos ultimas noches antes de coger el tren para Calcuta merecería la pena recordarlo por su romanticismo antiguo, su fachada ocre, su patio interior, su ventilador de madera ornamentada y su tirador de puerta de bronce antiguo, de color amarillo suave que daban a la habitación y entorno aire de estampa cinematográfica. Desde la terraza de ese hotel llamado “Ganpati” se alzaba a los ojos la vereda blanca del río que giraba en semicírculo y desaparecía. Dos puentes flanqueaban aquella entrada y salida de agua pura y sagrada a un tiempo. (El primer puente por el que se adentraba el río lo recordaba Marco porque había sido filmado por Satyajit Ray cuando Apu, el protagonista, llegaba con su familia a la ciudad de los músicos, de los rapsodas; de los recitadores y poetas de versos religiosos. Era domingo. Grupo de familias se extendían en la otra orilla, explanada de arena blanca parecida a la ribera de Bodhcaya donde se bañara Lord Buda. Levanta Benarés -es otro día-, como una cuenca antigua que se asoma a un agua blanca. Lleno de minaretes, cúpulas cilíndricas, fachadas inclinadas sobre un río donde desde temprano en una ribera aun cubierta por la niebla, los niños y hombres toman su baño. Ataviados con un bañador parecido a un taparrabos africano. La niebla aún permanece y olvida el paisaje largo, semicircular, de extremo a extremo, de esos dos puentes. Fachadas sucias, carcomidos ventanucos de madera con motivos que son decorados arabescos medievales. Cornisas, dinteles de palacio, mezquitas y minaretes sobre un punto de encuentro: Las GAT sobre la ribera macilenta del Ganges. Amontonados troncos de árboles en esas gats, dispuestos a arder en fuego infernal, mientras en el agua que recibe los huesos de los muertos chispean las candelas posadas por manos que ofrecen plegarias. Benarés, cinta de seda bajo el vaho del aliento del búfalo Nandín. “Si rezas, si te acuerdas de Dios Su: Mioya Moto Su Mahikari Hoho Mikamisama”, tendrás en un día de frío invierno una confortable litera de tren para un largo viaje hacia Calcuta, o hacia alguna región de Siberia… Una confortable litera alargada donde podrás apreciar el paisaje pobre, de niebla pura; en la explanada matorrales bajos y alrededor resto de basuras impuestas allí sin ningún orden, para su eterna decadencia de fotograma. Si te acuerdas de Dios Su, Él te dará un bolígrafo para ir reflejando las estampas ciertas que inundan el mundo del paisaje. ¡Una litera! Una litera cedida por el vespertino revisor, con barba poblada y sonrisa tierna que accede a su trabajo cotidiano y cede su mágico asiento, donde guarda una maleta en la que pone: “Aristocratat”. Lugar rectangular de dos metros de largo, ventanal desde donde se aprecia otra vez la ley del mundo. Después de haber esperado dos horas y media ese tren, entre el frío solemne de un día de invierno en Benarés… “Si te acuerdas de Dios Su” la vida es tierna en sus frentes mas infrahumanos, en lo más duro… -(Eso se dijo Marco mientras se recostaba en esa ya su litera camino de Calcuta.) Últimos paisajes de India… Últimos palmerales sueltos, parcelas con su verdor que despunta; últimos ríos extendidos sobre explanadas donde las mujeres lavan sabanas de colores, estampa de la huída a Egipto desde Jerusalén… Niños entre terraplenes, pelos gredosos y chamuscados; vacas rociándose al último sol de la tarde cuando todo parece más tranquilo, predestinando un mejor futuro. ¡Últimas estaciones de tren! Portamaletas con camisa roja, pañuelo anudado, policías y barrenderos mortecinos y aburridos de dientes blancos, sonrisa avispada con sombrero, casi bandoleros… Colores de los muros pobres, fachadas bajas… Pintura de pintor soviético estructuralista. Muchachos jugando al cricket, el deporte favorito de la India, camino de Calcuta… ¡Ya se adentra el tren por los raíles de Calcuta! Fábrica neorrealista, comunidad de hierro, pintura urbana. Conversación última de tren, entre cuatro indios de clase media que aceptan el destino de su país con resignación y hablan bajo sobre, tal vez, problemas generales y retrasos del tren… Sabiamente se escuchan, se dejan hablar en un hindi bajo, saludable; sollozo de un destino. Calcuta aparece: Majestuoso caos de viejo orden. Taxis dieciochescos, barnizados de amarillo que abultan como esculturas atascadas en la hecatombe aquella, junto al río de hierro que baña un Ganges misterioso; entre callejas que Marco -si tuviera tiempo- quisiera recorrer y que ella, Teresa de Calcuta, recorrió cientos de veces recogiendo a los miserables: Calcuta la Mayor, revestida de misterio donde camina alguna fábrica, algún resto occidental y los nazarenos descansan. Noviembre 2012

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